jueves, 6 de junio de 2013

Capitulo V: Que no, que no puedo

Imaginaros un juego nocturno. Una noche cerrada. Una princesa en apuros y unos dragones que escupen fuego. Imaginaros que hay que rescatar a esa princesa y que tenemos que ir en grupos, y ahora os pido que recordéis las anteriores anécdotas para ir abriendo boca.

Era pequeño, tendría siete u ocho años, no más. Mi monitor de grupo, con nombre más que adecuado para esta empresa de rescatar a una damisela en apuros nos guiaba. Su nombre, Valiente. 

Como suele ser habitual en los juegos nocturnos, los monitores se apoderaban de las linternas y ahí radica parte de la gracia del juego nocturno. Nos dividimos por grupos con nuestros monitores y comenzamos a buscar a la princesa. Recuerdo que hasta en tres ocasiones antes de llegar al lugar donde estaba encerrada, los dragones nos quemaron con sus linternas y tuvimos que volver al inicio y comenzar de nuevo la andanza.

En esta ocasión íbamos agachados, incluso de cuclillas, para no ser cazados por los temibles dragones. Recorrimos el riachuelo con cuidado, un resbalón allí suponía perder a compañeros. Seguimos a medio tumbar por la parte trasera que va a dar a la puerta en dirección a la ruta de Villamiel. Una vez llegamos al lateral que abría una cancela, recuerdo que nos tumbamos al suelo y serpenteamos hasta cruzar al otro lado con tal de que los dragones no se percataran que estábamos allí. Una vez cruzado el peligro nos parapetamos detrás de unos arbustos, o eso creía yo.

La princesa, la dama en apuros estaba detrás del esa pared de arbustos. En ese momento, el pensamiento fue claro. Por los laterales estaban los dragones, y si nos poníamos de pie el tercer dragón nos podía ver. Fue ahí, cuando estaba todo claro, si por arriba no, los laterales tampoco, pues sólo había posibilidad por debajo.

Pues ya estaba decidido, había que llegar a la princesa por debajo de ese matorral. Yo era el más pequeño, por lo tanto era más fácil que entrara yo. Vimos una especie de agujero en el suelo, una especie de pasillo. En realidad, una guarida de algún animal. Pues allá que me metí, el túnel se estrechaba y como no entraba del todo, la idea fue empujarme hasta que atravesara el muro, lo que no contábamos es que el muro era de espinos. Exacto. Un zarzal enorme y yo, con empujón incluido en medio y sin poder moverme. Más adelante era imposible, pues el túnel se acababa sin llegar a ningún puerto, y para atrás era inútil tirar, pues los pinchos del zarzal se enganchaban en mi camiseta, pantalones y en mí.

Imaginaros por un momento mi situación, enganchado a un zarzal tirado en el suelo, mi monitor tirando de mí y los dragones intentando eliminarnos.  Al final, los dragones tuvieron que venir a iluminar, los monitores a por tijeras y así sacarme de un agujero que fue uno de los que más me marcaron, y no sólo en la piel.

El juego, no hace falta decir que lo perdió mi equipo, pero sin duda fuimos los que mejor lo pasamos, menos yo claro. Este juego, “el rescate de la princesa” está anclado anualmente en el campamento, y todos los años ocurre algo gracioso y divertido. Además, un juego que todos los acampados siempre piden, y mientras esté de mi mano, seguirá en el futuro.





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