sábado, 1 de junio de 2013

Capítulo IV: Momia de Tutankamon, despierta.

Primer año, ya había sufrido la caída del autobús, ya había volado por el camino y aún así seguía con mi sonrisa y mi actividad incesante. Era voluntario el primero para todo, bueno, para todo no. Cuando tocó hacer la tirolina dije que no, la altura daba miedo.

Una noche de veladas y juegos pequeños, pues no todas las noches eran grandes juegos, nos juntábamos todos los acampados y monitores en el antiguo comedor. Unos hierros de color rojo que sostenían un tejado algo “cascado” c
on una especie de madera fina atadas con alambres. En medio del salón-comedor había un poste que para los acampados pequeños como yo llegaba hasta el cielo, casi impensable poder subir hasta ese techo.

Unos juegos anteriores con los acampados esa misma noche había provocada además de muchas risas entre los niños más de dos caras tiznadas negras, más de cinco saltos de aviones que no lo eran, más de dos cambios de ropas… sin duda era una noche muy divertida.

De nuevo se piden voluntarios. Yo fue seleccionado. Me llevaron a la parte de atrás de la casa principal con otros compañeros y algunos monitores. Creo recordar que iba conmigo mi monitora responsable de tienda. Al cabo de un rato me llamaron. Me coloqué en mitad del círculo formado por los acampados, monitores y demás personal del campamento.
“Esto que está aquí es la momia de Tutankamon, una momia de Egipto. Está dormida. Y nos han  dicho que tenemos que despertarla”. Así comenzaba la historia que me contaban delante de la momia. Un gorro en un lado, al otro unas botas. Y el cuerpo de Tutanamon cubierto por un saco de dormir. Colocome encima de ella, mirando fijamente su gorro y ahí comencé el ritual que me había encomendado.

Al decir las palabras mágicas, ¡¡momia de Tutankamon despierta!! La  momia comenzó un leve meneo, yo me puse nervioso. Pero según marcaba la tradición que me contaban había que repetirlo hasta en tres ocasiones. Llegué hacerlo una segunda vez, esa momia se movió con mayor fuerza. Los nervios estaban a flor de piel. El tiempo parecía pararse, pero había que rematar la jugada. Había que despertar a la momia.

Lancé la última frase, las últimas palabras mágicas. No sé qué ocurrió pero algo me agarro por la espalda, al notar ese movimiento, que no creo que ni tan solo me llegó a agarrar. Me agarré al poste y no recuerdo más de las siguientes palabras de los monitores: bájate de ahí. Nadie sabe cómo lo hice, pero la realidad fue que un niño de siete años de un salto terminó llegando a subir al techo, enganchado a los alambres.

Este salto de altura quedó grabado en la retina y en la memoria de todos los monitores, y a día de hoy, tras 21 años me siguen recordando todos los que allí estaban el salto que di. Creo que sin duda alguna hemos vivido grandes momentos en el campamento y he tenido el orgullo de presenciar muchos de estos momentos e incluso ser el protagonista de ello.


Espero que os guste la anécdota, pues me encanta cuando me lo recuerdan. El campamento siempre está lleno de momentos divertidos y eso que sólo llevamos 25 años y los que nos faltan. 

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