martes, 11 de junio de 2013

Acampado, Siempre

Dicen que nuestro Reino se fundamenta en la historia, en el humanismo cristiano y en la libertad individual que entre todos se ha conseguido. Desde hace años no me cabe ninguna duda que esto es así. Las personas que, como en mi caso, hemos aprendido el servicio del esfuerzo y de mejorar día tras día en casa y otros lugares sabemos que no hay recompensa merecida sin un trabajo digno realizado con anterioridad.

Bandera del Campamento
Este año celebramos el 25 aniversario del Campamento Arciprestal de Cáritas de Coria. Son muchos años, pero puedo garantizar que no es su último año. Este campamento que conocí con la edad de siete años como acampado me ha inculcado muchos de los valores que a día de hoy defiendo y que defenderé. Este campamento que lleva en mis venas 21 años me ha llevado a conocer a centenares de personas a cada cual mejor. Este campamento que ha constituido un cambio incesante en mi vida me ha demostrado que no siempre ganaban los malos. Este campamento que he vivido como acampado durante siete años y como responsable 14 años ha sido y sigue siendo una escuela permanente.

Cuando me dicen que escriba y explique lo que ha significado para mí el campamento de Villamiel he de reconocer que es muy complicado. No puedo valorar en pocas palabras o frases lo que ha significado el campamento para mi persona, es imposible. Este campamento forma parte de mi vida tanto que mi vida es formada en parte por el campamento.

Gracias a la enseñanza de intentar mejorar lo que nos rodea para que entre todos consigamos una sociedad más humana y más libre todos los días intento cambiar algo de este mundo. El campamento, un vuelo de libertad cuando era niño y un halo de humanismo cristiano cuando se es monitor ha ido confeccionando la persona que soy.

Recuerdo que cuando acaba el campamento siendo pequeño, siendo acampado, los llantos eran normales. Cantar “Llegado ya el momento” todos juntos en el campo de fútbol, haciendo un circulo y ver cómo llegaba el autobús que nos devolvía a nuestras ciudades y pueblos nos mostraba la realidad que la vida de ocio y diversión acababa y volvíamos sin nuestros compañeros de tiendas y sin nuestros monitores. Es un momento que se graba en la memoria y que sin duda cada año era más y más triste.

¡Acampados de Villamiel! ¡Siempre! Ese era el grito de despedida. Los directores año a año nos han despedido a los acampados y los monitores con ese grito. Al escuchar por parte de todos los que integrábamos el campamento ese ¡Siempre!, se disolvía el circulo, íbamos a por las mochilas y las lágrimas marcaban un surco por las caras de todos nosotros. El campamento llegaba a su fin, pero ninguno puede negar que había marcado un grito en el cielo que en momentos como ahora, en la celebración del 25 aniversario, versa sobre nuestras cabezas: Acampados de Villamiel, siempre.

He conocido varias direcciones en el campamento. Loli, Ventura, Johanna, Justiniano… con todos ellos en el corazón tengo que decir que todos han aportado no sólo su grano de arena, más bien su camión de hormigón para la cimentación de un gran grupo de acampados y monitores. Comencé de niño con Loli y Ventura compartiendo la dirección del Campamento, ese año fue memorable, y no sólo por los tropiezos de este “pieza” que escribe las líneas, sino porque significó el inicio de mi vida como acampado.

Fue precisamente con Loli en la dirección cuando di el paso a responsable, el primer año no se olvida. Las normas estrictas de comportamiento y las ganas de hacer el primer año no se olvidan. Noches de guardias, simulacros, juegos y mil y una voz. No me cabe duda alguna que más de uno todavía no entiende que hacía un crio de 15 años como yo siendo responsable. Tras Loli vino Johanna, Julián Carlos y Damián. A cada uno los guardo en el corazón, y aunque reconozco que en muchas ocasiones choco frontalmente con ellos por los métodos nuevos que se implantaron, les tengo admiración y un profundo cariño.

En la dirección de Johanna cogí nuevas responsabilidades, las marchas y los juegos nocturnos. No quiero mentir, pero el primer año que abrí una marcha hicimos algún metro más en la subida a Acebo, me equivoqué y dimos una vuelta curiosa. Más tarde, con los años lo puedo decir, pero ese año me moría de vergüenza. Johanna que era todo dulzura era una gran organizadora y reconozco, que le perdí un poco la pista, pero que a día de hoy todavía la guardo en mi memoria.

Hay un año raro. El año de Justiniano. Ese año Justiniano nos enseñó a todos los monitores a observar todo. No fue un año malo, ni mucho menos. Fue un año distinto. Acostumbrado a enfrentarme por mi naturaleza rebelde a todos en las reuniones de monitores, ese año bajo el mando de Justiniano aprendí que es mejor ir donde esté el fallo o el error, mejorar e intentar poner soluciones antes que verlo, no decir nada y después decirlo. Justiniano enseñó paciencia a quienes como yo poco teníamos.

Tras mucho hablar de mi primer año pasó algo que yo creía imposible. El director de mi primer campamento regresó, aunque bien sé que jamás se alejó su corazón de la Sierra de Gata. Por primera vez Ventura iba a ser mi director y yo un monitor de su equipo. Grande como “Jefe”. Me hizo responsable de juegos, de cantos, de guardias y de programación. Sin duda todo un honor el hacer los horarios de los campamentos, pero más honor el trabajar codo con codo con él. Con Ventura he aprendido mucha disciplina y sobre todo con él he aprendido a llevarme broncas. De todos modos, y en realidad, él sabe que siempre le he considerado como un amigo y cuando los amigos trabajamos uno al lado del otro, los resultados son mejores.

De cada momento como monitor he aprendido algo. He mejorado no sólo como monitor, sino también como persona. La perseverancia de Loli, la cercanía de Johanna, la visión de Justiniano y la rigidez de Ventura han impregnado mi forma de acampado, de monitor y de ser humano.

Equipo de Monitores y Premonitores
Es imposible decir qué significa para mí el Campamento de Villamiel sin hablar de personas que han marcado en ante y un después dentro del mismo. Permitirme que hable de Nines, una mujer con una fuerza sin parangón. Una monitora que sabía enseñar los dientes cuando yo era acampado y una compañera que sabe enseñar a mejorar ahora que soy monitor. También me gustaría decir cosas de más monitores. De Bea, que ha estado conmigo muchos años, que ha sido mi amiga y compañera y que creo que será imposible olvidar los bailes, los cantos y los proyectos nuevos. Anjara, que sin duda es la mejor en manualidades, un arte que a mí se me escapa de las manos. Juliana, una persona digna de conocer, estricta pero que deja una huella allá donde pisa y un sentimiento de agradecimiento en todos. Marian, que no puede negar la gran mano que tiene en llevar a los niños, y aún menos en la manera de manejar la cocina.

Otros de los que han marcado mi paso por esas instalaciones fue Damián. Un sacerdote singular. Un monitor que supo hacer que redujera las voces junto con Nines. Una persona que me enseñó que las cosas están para cambiarlas, y sobre todo me marcó con mucha claridad cuál es nuestra función como monitor y hasta dónde. Y qué decir de Julián Carlos. Este hombre no puede tener más corazón porque no tiene espacio. Cercano, humano y siempre comprende todo. Este hombre me ha inculcado y lo sigue haciendo, que la maravillosa mano de Dios es la responsable de grandes cosas. No me olvido de nadie, pero no tengo mucho espacio. Me gustaría escribir de Elena, Carolina, María Eugenia, Alex, Pablo, Álvaro, Rufino, Juan Miguel, Enrique, Mercedes, Lourdes, Rosario, Baltasar, Gema, Héctor, Cristina, Inma, José María, Juan José, Manuel, Carlos, Juan Carlos, Roberto, Alberto, Dirana, Sara, Tirsá, Juan… perdón por si de alguien me olvido.

Grupo Premonitores (2)
No voy a alargarme mucho más. Me queda por hablar del proyecto de “premonitores” que he capitaneado y que este año será su momento culmen. Este año, algunos adolescentes que han sido acampados míos desde muy pequeños, que han sido miembros del grupo de adolescentes siendo yo su responsable se gradúan en el campamento. Serán monitores. Este hecho que no puede por menos que llenarme de ilusión, hace que os deje esta última reflexión:

“No se puede cambiar el mundo sólo viéndolo desde fuera. No se puede doblegar el mal sin entrar en una guerra por el bien. No se puede defender la libertad si nunca sufriste su carencia. No se puede caminar hacia un punto si tan siquiera sabes dónde está.

Es momento de mojarse, de pelear, de gritar y levantarse, de mirar más allá. Los viejos ya luchamos años atrás, es momento de regenerar. Ahora que ya he aprendido, que ya he luchado y he vencido, os dejo la paz. La gloria es si quieres seguir sin mirar atrás”.


¡Acampado de Villamiél, SIEMPRE!

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