lunes, 27 de mayo de 2013

Capitulo II: El hombre tropieza dos veces sobre la misma piedra

-          Entonces, ¿Te llamas Ignacio?
-         -           Que nooooooo, yo soy Nacho.
-          -          A ver, Ignacio ¿Qué te ha pasado?... Ignacio dime…
-         -            Yo no soy ese…

Así fue a groso modo la conversación con el médico de guardia del centro de salud de Hoyos que se encontraba de guardia una de las noches para el recuerdo del Campamento.

Acababa de empezar el juego nocturno, la toma de la Bastilla o algo por el estilo. La verdad el nombre era lo de menos. Recuerdo perfectamente que nos quitaron los linternas, pues había que jugar a oscuras, que nos agrupamos conforme a los grupos de trabajo del campamento y al silbido había un objetivo: atravesar la frontera compuesta por una cuerda de pita sin que te alumbraran los defensores, en este caso dos monitores que se afanaban en aguantar las hordas de muchachos que corríamos como autentico ganado desbocado.

En una de las primeras embestidas que desarrolló mi grupo, me quedé en el pelotón del medio y mientras atravesábamos el camino desde “las eras” al campo de futbol, el compañero de delante tropezó, rodó y recuerdo que pasé por encima de él, le pisé y perdí la estabilidad. Cómo fue la cosa que terminé con la cabeza contra el codo de una compañera de mi izquierda, provocándome sin querer un codazo en el ojo y tumbándome mientras que felizmente hacía la “croqueta” hacia el campo de futbol. Un duro golpe. Pero eso no fue lo que más dolió. Lo que más me cabreó en ese momento fue la decisión de los monitores de irme a un coche y trasladarme al centro médico, de ese modo me quedé sin terminar el juego y sin saber quién ganó y qué grupo sería el “mejor” durante esa noche.

El trayecto del campamento a Hoyos fue entretenido. Aunque más de uno se asustó y no por mi golpe, pues al final fue sólo un cambio de color y un gran bollo para el desayuno. El problema se vino con una amiga, la cuerda de pita le quemó por debajo de la barbilla y aún recuerdo las frases de la enfermera que decía “mira y ella casi no llora”. Normal, el susto que tenía era mayor. En Hoyos esperamos poco, nos atendieron, me recetaron calma y frio. Sin duda la calma era lo que mejor iba a cumplir. Y ahora si quieres lo intentas creer.
Esta aventura no fue clara. Recuerdo coletazos. Mucho polvo, gente corriendo, niños gritando, monitores desgañitados intentando tranquilar a los acampados, y destellos de linternas por todos lados… fuera como fuese, en este episodio aprendí que si vas primero ruedas y si vas tercero y hay una caída múltiple, lo más seguro es que pises al número uno y el codo del número dos sirva para no tener que usar pinturas guerras en un par de meses.


Ahora, en un tono más serio. La rápida actuación de los monitores y el control de la situación provocaron que sólo fuese un susto y que los acampados disfrutáramos de un juego nocturno inolvidable. Algunos por su victoria, y otros porque además de la aventura del propio juego, vivimos un viaje entre la Sierra de Gata en busca del médico.

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