lunes, 27 de mayo de 2013

Capítulo I: Venir, ver y caer.


Mi historia comienza con siete años, y de eso hace ya dos décadas. Con 28 años uno se plantea muchas cosas, aunque realmente no es parte de lo que nos atañe hoy. Es muy difícil olvidar un autobús, el gentío formado por padres, niños, monitores y voluntarios en medio del mes de julio de 1992 en la plaza de la paz de la ciudad de Coria. En ese autobús comenzó mi historia.

Un calor seco, un polvo oscuro y mucho campo es lo que se veía cuando se abrió la puerta del autobús. Las ganas por probar mi independencia, las ganas de moverme libremente sin padres, las ganas de caminar un nuevo camino, las ganas de aprender fuera de las clases… las ganas y las ganas provocaron, como a cualquier niño de siete años, un nerviosismo que recorría todo mi ser. Fue ahí, cuando puedo decir que empezó mi cortejo, con beso incluido, con las instalaciones del Campamento Villamiel. Salí como un rayo se abate contra la tierra y fue donde, existiendo tres escalones en el autobús, yo pasé dos y me fui de bruces contra el suelo. Resalto que el suelo del campamento es arenoso y con una gravilla muy fina que en mi caso, fue haciendo de lija por los brazos y piernas. Sin duda, el inicio de la vida campamental comenzó para mí como cualquier superhéroe de mi infancia, con poderes sobre humanos. En este caso, supe volar, aunque no aterrizar.

De este episodio no recuerdo la caída tanto como la imagen de ver a todos los monitores y voluntarios lanzar del maletero todas las maletas y mochilas que estaban en el autobús, con el fin de buscar el botiquín, que para más risas de algunos y agobio de muchos, estaba en el centro con todo el material del campamento, lo que hizo que se tardara más pero dio una imagen de lanzamiento de mochilas y bolsos digno para crear una olimpiada.

Como se puede apreciar, este fue mi primer día. Mis primeros minutos en el Campamento Arciprestal de Cáritas fueron accidentados, pero sin duda están grabados, y nunca mejor dicho, a sangre en mi cabeza.
Son miles las historias que en 21 años he vivido en este campamento, he conocido a centenares de amigos, me ha inculcado el respeto a la naturaleza, me ha ayudado a definir mis principios ideológicos y mis ganas para luchar por una sociedad más libre y humana. En definitiva, este campamento me ha enseñado a ser como soy y lo que soy.


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